sábado, 2 de junio de 2012

Aquella botella de Varón Dandy

Cada vez que saco a la luz algunas palabras, aquí o en cualquier otro sitio, las he escrito primero en un documento de Word. Estreno uno nuevo cada año, así las experiencias, las sensaciones, los sentimientos, las reflexiones, los sinsabores... quedan plasmados y etiquetados, enmarcados en una fecha. Hoy mismo, para escribir estás lineas, he tenido que cruzar varias carpetas en mi ordenador, antes de llegar al año 2012. Cada vez que navego por ellas siento la misma sensación que debe sentir alguien que atesora su vida en viejos volúmenes ordenados en una estantería polvorienta, y que cada vez que quiere escribir algo nuevo, recorre con sus ojos y sus dedos todos los viejos libros en los que una vez escribió. Es inevitable. A la mente saltan imágenes fugaces. Párrafos que, quizá de tanto reescribirlos, quedaron grabados en la mente, en algún rincón, siempre listos para volver a la superficie. Ya son más de seis carpetas. Más de seis años.

El caso es que hoy va de recuerdos. De personas que se sientan a la misma mesa una tarde y ponen sobre la misma todo lo que compartieron. Hoy va de anécdotas, risas, lecciones. Todo desde la perspectiva nueva que otorga un “seis años después...” 

Seis años dan para mucho. Muchísimo. Un chaval puede haberse convertido en hombre. Se toman las decisiones que cincelarán a la persona que serás el resto de tu vida. Seis años cambian. O eso se diría. Pero la sensación que he tenido yo al concluir tres horas de reencuentros felices ha sido de que, en el fondo, en alguna parte recóndita del alma, todos somos los mismos. Como si no hubiera pasado un sólo día. El canalla sigue siendo canalla, el soñador sigue siendo soñador, el músico sigue creando notas que dirigirán sueños, el hermano leal sigue fiel... El profesor sigue siendo profesor. En las aulas y en la vida. 

Y no se si todos, o tal vez sólo yo, hemos recordado esta tarde aquella vieja botella de cinco litros de Varón Dandy. Una botella que aunque en realidad sólo era un folio escrito, significó tanto para muchos. Lo cierto es que las previsiones, las situaciones, los consejos que atesoraba aquella inusual botella impresa, me los he encontrado en el camino. Y en más de una ocasión en todo este tiempo, evocar el recuerdo y las palabras que conserva, tozuda, mi memoria, ha supuesto un bálsamo, una guía o una lección.

Hoy me he sentido como parte de una vieja guardia que ha sido zarandeada por los años y golpeada por la estupidez humana, pero no obstante fiel. Todavía entera, a fin de cuentas. Quizá unida por lo que realmente importa. Y ha sido una gran sensación.

Porque luego, siempre, llegan momentos en que puedes sentirte como un Cadillac Solitario, apaleado por la vida y por tus propios errores. Mirando la ciudad y sus gentes desde lo lejos, atrapado por la nostalgia. Y es en momentos como esos cuando a mi, recordar aquella vieja guardia y aquella botella de cinco litros de Varón Dandy, entre otras cosas, me ayudan a ponerme al volante. Y  volver a la carretera, a veces prometedora, a veces incierta, que es mi vida.

                        

Por si alguno ha olvidado aquellos cinco litros de palabras, consejos, emociones y vida, los rescato aquí, en sentido homenaje y prueba de agradecimiento y cariño.


1 comentario:

  1. Gracias, Juanma. Por tus palabras, y por rescatar aquéllas de Ferrán.

    Respecto a lo que has dicho, sólo comentar una cosa: en mi opinión, así es el misterio de la vida y el de la persona, que te hace ser distinto pero siempre el mismo, como si evolucionases hacia la mejor versión de ti. A lo mejor (seguro) es eso lo que ha pasado, que somos los mismos que salimos del colegio, pero parecemos distintos porque somos más nosotros que nunca. Puede que estos 6 años han hecho caer las máscaras tras las que nos ocultábamos, las falsas seguridades a las que nos aferrábamos, las mentiras o espejismos con los que interpretábamos la vida, y ante cuya seducción ya no claudicamos, porque hemos aprendido. Somos sencillamente más hombres, más maduros, y por eso, distintos a los niños que éramos, pero iguales a la persona que siempre hemos sido. Como la manzana varía de aspecto al madurar, pasando del verde al rojo, pero no se te hace extraño: de alguna manera sabes que es eso lo que tenía que ser la manzana, que cambiando llega a ser o que tenía que ser.

    Oye, me gusta mi propia idea. A lo mejor escribo algo de esto en mi blog.

    Bueno, ya m he enrollado mucho. Buen texto, burgués. Gracias de nuevo por rescatar las palabras de Ferrán.

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