Hay frases que encierran grandes verdades que te encuentran cuando las necesitas. Es como si se deslizasen por un laberinto de sucesos, tiempo y casualidades, conspirando para dar contigo en un momento de necesidad. O quizá encontrar una frase así es fruto de una búsqueda, de querer expresar un sentimiento o una idea con palabras de alguien que fue más sabio de lo que tu serás nunca. Seguramente, es un poco de todo.
René de Chateaubriand escribió una vez: “Nuestras ilusiones no tienen límites; probamos mil veces la amargura del cáliz y, sin embargo, volvemos a arrimar nuestros labios a su borde.”
Todos tenemos ilusiones. Ilusiones grandes. Ilusiones pequeñas. Locas, imposibles, improbables, estúpidas, irracionales. Sean como sean, las ilusiones mueven nuestra vida. La tuya. La mía. No hay vuelta de hoja. Esas ilusiones diarias: encontrarse con alguien camino al trabajo, cruzarse con esa sonrisa desconocida en el mismo semáforo, tener esa conversación casual de todos los días a la hora del almuerzo. Un día menos para el reencuentro después de muchos meses. La ilusión de algo nuevo. La de que todo puede mejorar. Ilusiones. Las hay de todos los tipos y formas. Y cada uno tiene las suyas.
Yo tengo las mías. Creo que aún tengo la suerte de poder ilusionarme a diario, y eso es una bendición. No han sido pocos los días en los que el día parecía extinguirse gris y olvidable, cuando los últimos compases del reloj me sorprendían con una magia inesperada, una explosión pequeña e inenarrable de pequeñas y grandes ilusiones.
Y si, es cierto. Las ilusiones mueren, también todos los días. Se marchitan, se duermen. A veces, se diría que se marchan, cambiando la miel en los labios por el sabor amargo del que hablaba el amigo Chateaubriand. Pero... que os voy a contar. ¿No?
Y aun así, que gran error sería querer dejar de arrimar los labios al cáliz de la ilusión. Que duro sería anestesiarse, vacunarse contra la magia de lo inesperado, drogarse con pastillas para no soñar. Esas ganas de borrarse de todo que aquí, el que más y el que menos, ha sufrido en las propias carnes.
En momentos así, sucede que a veces... un pequeño recuerdo puede avivar la ilusión que amenaza con extinguirse. El recuerdo de un momento, de unas palabras, o de un cuento corto, duro y bello. Como este:
Y claro, uno piensa que Chateaubriand escribió aquello porque ya había leído a otros hablar de la ilusión. Y es que Blaise Pascal escribió una vez: “El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene.”
Y os puede parecer raro que sea un mago el que escriba todo esto. Pero es que es obvio: un mago, quizá más que nadie, necesita ilusionarse.
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