lunes, 2 de julio de 2012

Más de mil palabras en un millón de instantes.


Toda búsqueda de un tesoro tiene sus altibajos. La emoción de la caza. Las pistas que parecen definitivas y que llevan a un callejón sin salida. El redoblar del esfuerzo. El sentimiento de bloqueo.

Pero por fin, con una pista de más, el camino correcto. Al fin, tras cavar mucho en las playas equivocadas, con dos movimientos de la pala, se encuentra el tesoro en una playa nueva, de arena fina. Y que tesoro: un cofre lleno de palabras.

Nada es como lo esperabas. Si es que esperabas algo... Las sensaciones ante ese cofre abierto tan de par en par como un libro, se contradicen. Los secretos siguen siendo secretos. Acertijos en la oscuridad. Y al final, cierras ese cofre cargado de meses y te sientas sobre el. Como pensando... en dejarlo cerrado. O en volver a abrirlo. 

Y concluyes que nada de lo que contiene ese cofre te pertenece. No es tuyo. Solo puedes mirarlo y ser testigo de algunos de sus secretos. Y nada más.
Y yo, en el mundo real y a este lado de la pantalla, me acuerdo de mis propios secretos. De ese que escribí hace casi tres años, muy lejos de aquí, en la noche londinense. Que cosas.



1 comentario:

  1. A veces no es tanto lo que descubrimos (o creemos descubrir) sino si lo que desenterramos de esa fina arena se encuentra a la altura de nuestras expectativas.

    Todo el mundo tiene secretos, es cierto. A veces no son tanto los secretos sino si esos secretos desean ser descubiertos...

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