Los días pasan volando y de pronto me doy cuenta de que ya me he enfrentado al primer despertar completamente solo, a la primera batalla campal contra la lavadora (en un sentido más literal de lo que me gustaría admitir), al primer viaje a la cocina a beber agua en mitad de la noche, a la primera pesadilla, al primer problema técnico con Internet, a la primera compra del mes, a los primeros miedos...
También he vivido ya el primer despertar con música y sonrisa, con esa sensación de “todo está bien”. También el despertar atropellado y confuso que tiene lugar cuando la panda de descerebrados de tus amigos vienen a despertarte a las tres de la mañana porque se ve que te echaban de menos. ¿Os ha pasado que un día estáis reventados y ya os preparáis para meteros en la cama y a los diez minutos os veis a vosotros mismos en el asiento trasero de un coche pensando “no se como me han liado...”? Pues ya lo he vivido.
Ya he vivido las primeras magias, las primeras tardes cantando a grito pelado, la primera sesión de cocina previa a una cena para dos, las primeras ideas brillantes mientras miro el techo desde mi cama. Cosas que ya había vivido antes... pero en un sitio nuevo. Cosas viejas, cosas de siempre que se viven como nuevas.
Y todo empezó con la firma de un contrato. No es el primero que he firmado en mi corta vida, pero es el que mejor recordaré. No solo porque tiene que ver con mi primer piso lejos de la casa paterna. También por los recuerdos que me trajo.
Yo leía tan rápido como podía el dichoso contrato, mientras Elena (mi adorable casera) resumía algunas clausula que ella misma, como buena letrada, había modificado. En ese momento, como tantas otras veces, mi mente voló lejos, muy lejos en el tiempo. Ya sabéis, mi cuerpo estaba ahí, yo decía “aham, aham... si...” mientras escuchaba “blablabla...”. Pero mi mente estaba en otra parte.
Me vi a mi mismo vistiendo de domingo, con pantalones cortos de niño de menos de diez años, con camisa a juego con las de mis hermanos. Los tres mirábamos embobados un viejo televisor, el de la habitación más al fondo de casa de nuestra abuelita, y nos reíamos viendo a dos individuos en blanco y negro romper fragmentos de papel mientras hablaban a toda velocidad. Quizá en ese momento no entendíamos muy bien porqué nos reíamos, pero lo pasábamos bomba viendo los hermanos Marx. Siempre he pensado que Groucho causó algún tipo de bendito daño irreparable en mi cabeza y mi sentido del humor que me ha dejado así para siempre. Por eso, mientras volvía de mi viaje astral al pasado y volvía a escuchar la voz de Elena, su “blablabla...” se fue convirtiendo por unos momentos en:
Me vi a mi mismo vistiendo de domingo, con pantalones cortos de niño de menos de diez años, con camisa a juego con las de mis hermanos. Los tres mirábamos embobados un viejo televisor, el de la habitación más al fondo de casa de nuestra abuelita, y nos reíamos viendo a dos individuos en blanco y negro romper fragmentos de papel mientras hablaban a toda velocidad. Quizá en ese momento no entendíamos muy bien porqué nos reíamos, pero lo pasábamos bomba viendo los hermanos Marx. Siempre he pensado que Groucho causó algún tipo de bendito daño irreparable en mi cabeza y mi sentido del humor que me ha dejado así para siempre. Por eso, mientras volvía de mi viaje astral al pasado y volvía a escuchar la voz de Elena, su “blablabla...” se fue convirtiendo por unos momentos en:
“Dice que... lapartecontratantedelaprimeraparteseraconsideradacomolapartecontratantedelaprimeraparte...”
¿No le gusta esta cláusula? ¡Pues la quitamos! Vamos con la segunda: lapartecontratantedelasegundaparte...
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