domingo, 17 de febrero de 2013

Trenes




Él sólo se ha atrevido a darle un vistazo. Uno rápido, pero que parece haber durado minutos enteros. Ya sabéis. Como si todo fuera a cámara lenta. La ha visto sonreír con timidez, mirar al suelo y volver a poner la vista al frente mientras se recolocaba con gracia el cabello tras la oreja. Con sólo ese vistazo, él ha podido ver que ella es esbelta, guapa. Sobriamente elegante, sencilla. De ese tipo de belleza que no necesita de ornamentos para deslumbrar. Menuda y grácil. Que tiene una sonrisa muy particular. 

Poco se puede ver con un solo vistazo. Aunque se le sumen tímidos intentos de continuar admirando la visión por el rabillo del ojo. O eso podría decirse: que se puede ver poco. Pero no. Él, lector empedernido, soñador impenitente, parece ver también con otros ojos. Y es con esos ojos con los que, vista al frente, sabe reconocer a su lado a otra lectora. Otra soñadora. Una navegante de océanos de páginas, una viajera de las estrellas, una exploradora de historias disfrazada de persona común y corriente. Sonriendo, sin poder evitarlo, y fascinado por una fuerza que no sabe explicar, él sabe que esa chica que está a su lado es especial. Intuye que es distinta, única. Que algo maravilloso late dentro de ella. De alguna forma, lo sabe.

Lo que él no sabe mientras trata de disimular en ese andén, es la cantidad de locuras que hará por una sonrisa suya. La de caminos que emprenderá a los que jamás pensó en acercarse. Él, que sin saberlo ya está enamorado, no puede saber que ella traerá a su vida sentimientos y sensaciones que hasta ahora sólo ha leído en los libros y visto en las películas: el subidón de adrenalina que le recorrerá cuando abandone un examen antes de tiempo sólo para poder alcanzarla; el temblequeo que tendrá que controlar al invitarla a tomar un zumo, un café, o algo;  la alegría que sentirá cuando ella esté a punto de aparecer por el portal de su casa; los nervios que le rondarán antes de besarla por primera vez; la ilusión con la que cruzará la ciudad sólo para verla unos minutos; la esperanza que volcará en desear que ella esté feliz con la sorpresa que él ha estado preparando. No puede siquiera entrever la felicidad que el mismo sentirá, inexplicablemente, cuando ella apoye su cabeza en su hombro en el banco de un parque. 

Como tampoco puede sospechar cual será su pena cuando le falle por primera vez, cuando la vea apretar los labios y contener las lágrimas. La angustia que sentirá cuando ella le pida que se vaya. El miedo que le atenazará cuando ella parezca irse. Los celos que le azotarán cuando crea verla con otro. La tristeza que que lo envolverá al pensar que se acabó. Que no hay nada que pueda hacer ya. 

Él no puede saber nada de eso. En ese momento sólo es un joven enamorado, inexperto en el arte de vivir, osado en el de soñar. Necio pero entusiasta. Tan ilusionado como iluso. Que verá una oportunidad en cada instante. Un resquicio de luz en cada grieta. Lo cierto es que en ese preciso momento, en ese andén, sueña con hacer de ellos dos los protagonistas de la mejor historia de amor. Lo cierto es que en realidad no sabe en que consiste eso. Sueña despierto con el futuro, que para él está pintado de sonrisas, besos, promesas, planes e ilusiones.

No sabe, porque no puede saberlo, que en ese mismo futuro cabe también otro andén muy distinto, con un tren mucho más gris. Que ella será rosa y espina. Que una parte de su futuro será también silencio, nostalgia, tristeza y recuerdo. 

Y que entonces, sólo le quedará el consuelo de pensar que siempre vuelve a amanecer.



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