martes, 19 de febrero de 2013

Fantasma

El corazón me latía con tanta fuerza que me extrañó que nadie lo oyera. Incluso en una calle tan concurrida. No supe de dónde saqué el valor para alargar la mano y tocar su hombro.
Ella, claro, se giró. Sus ojos se clavaron en mi, y no pude saber con exactitud si ella estaba sorprendida o no.

- Hola -dije, como si la palabra fuese la más complicada de pronunciar.
- Hola -dijo ella, sin atisbo de emoción en su rostro.
- ¿Cómo estas? -pregunté, sintiendo que estaba de pronto en el peor lugar posible.
- Bien... me voy ahora a trabajar.
- Ya... bueno, yo... no -Empezé a maldecirme por dentro, porque las palabras no me venían a la mente ni a los labios. Querría haber dicho, quizá: "¿En qué trabajas?", o tal vez un estúpido "¿te acompaño un trecho?". U otras mil cosas. Pero no. Sentí que el aire me quemaba, y que estar allí inmóvil, frente a ella y en medio de la calle me estaba matando por dentro. Así que fui aún más estúpido:
- Pero... me alegro de verte - y me incliné torpemente para darle dos besos. ¡Dos besos! Hay que ser menguado. Ella se apartó.
- No... creo que no. -Me miró una vez más, y sentí frío. Luego ella echó a andar.

Fue todo un  golpe. Como un mazazo que me devolvía a la realidad. Pero aún me quedó un chispazo de fuerza, de locura, un atisbo de dignidad que aún no había sido machacado. Así que la alcancé, y traté de mirarla de nuevo. Intentando encontrar algo en sus ojos fuera de ese frío que creía olvidado hace años.
- ¿De verdad? -le pregunté. No, no lo podía creer. Y de nuevo, las palabras se me atragantaban.
- Si... -dijo ella, como no entendiendo que yo no lo captase.
- Vale... -me sentí tambalear- pues...- aquello era surrealista. Me maldije y apreté los dientes. Y antes de girarme y salir de allí, apretando el paso, sólo pude decir "lo siento". Como "siento haberme cruzado contigo", "siento ser una desagradable sorpresa" o más bien "siento que vuelvas a mirarme así"

Caminé rápido, apretando los puños dentro de los bolsillos del abrigo. Tenía la mandíbula tan tensa que pensé que se rompería. Me maldecía, una y mil veces. Todo había sido tan rápido y tan confuso que podía parecer que aquello nunca había pasado en realidad. Pero no, las cosas que no pasan nunca duelen tanto.

Y de repente, tras unos pocos segundos, una parte de mi antiguo yo, irreductible, masoca y cabezota, tomó el control y me hizo girarme. Pero ella ya no estaba. Miré a un lado y a otro. Nada. Como un fantasma. Y por fin obtuve mi respuesta. Yo era el fantasma. No existía. Me había borrado. Por primera vez en años, sentí de verdad que algo se me rompía dentro. Y al poco rato, empezó a llover.


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